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El padre y la aprendiz: las lecciones del policial.

By Paula Ilabaca

Non fiction 

Crecí en un hogar muy silencioso. Mi padre trabajaba todo el día. Mi madre tejía, leía o veía televisión en un volumen bajo en sus tiempos libres de las labores del hogar. Yo convivía en ese silencio jugando con mis muñecas y una radio antigua donde escuchaba música. Desde que aprendí a leer, acostumbré a deslizarme entre ese mismo silencio por los muebles de mi casa: el librero bajo la escalera, la biblioteca apoyada en una de las paredes del comedor. Escogía los libros por su portada o la tipografía de los lomos. Como mi padre era policía, había muchos libros de Criminalística en lo alto de la biblioteca, lejos de mí y mis hermanos, a los que llegaba después de haberme subido a una de las sillas del comedor. La casa de mi infancia no era lujosa. Las sillas, de una madera negra, pesadas, hacían un ruido molesto en el piso de fléxit cuando se movían, por lo que eran certeras delatoras si las movía para tomar los libros. Con el tiempo acostumbraría a hacer esta operación cuando mis padres no estaban en casa y ahí podía circular libremente por los libros prohibidos: libros con textos e ilustraciones y fotografías en blanco y negro, donde había mutilados, quemados, ahorcados, bosquejos de lugares del crimen o sitios del suceso – como aprendería a decir más tarde - , definiciones de palabras tabú en mi lenguaje de niña. [. . .]